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Volvemos a las andadas... Hoy recordaremos de nuevo nuestros días de infancia y seguro que os sacamos una sonrisa. Más de uno habrá hecho esas trastadas que tanto nos gustaban a cierta edad (¡y a todas las edades!). Nos referimos a llamar al portero electrónico de casas ajenas y salir pitando cuando contestaban insistentemente ante la falta de respuesta. "¡Diga! ¿Quién es? ¡Digaaaa! ¡Ea, ya están los niños con las bromitas de siempre! ¡Pues ya no me levanto más! ¡Jarturaaa!". Pero nosotras ya estábamos a kilómetros de distancia... ¡Pies, ¿para qué os quiero?! Pues si, nos encantaba, a pesar del incordio que producíamos al habitante de la casa en cuestión. Y es que eso de llamar al telefonillo (nos encanta la palabreja, y la usamos mucho por estos lares) de un extraño... ¡¡¡es todo un clásico!!! ¡Que levante la mano quien no lo haya hecho en algún momento de su vida! Nuestros hijos (y no por incitación nuestra, que conste) han heredado ese gustillo por "molestar" inocente y levemente al vecino, con la consiguiente riña de sus progenitoras, quienes en el fondo recordaban, con cierta vergüenza y media sonrisa escondida, esos días del pasado de auténtico disfrute.



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Ya estáis sonriendo..., ¿a que sí? Si es que os conocemos bien... Jejeje. ¡Pues ya está bien de llamar a timbres ajenos, hombre! 

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