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Cinco minutos por la mañana.

Despertar los sentidos sin llamar a la conciencia, que todavía puede seguir dormida. Sincronizarlos para la puesta a punto. Y ser puntual sin tener un sólo motivo. En el fondo, hay muchos y todos se escriben en el preludio. Darle un suspiro a mis ojos y dejar que ellos decidan lo que quieren ver, como si es nada. Escribir el final de un sueño que se ha quedado a medias. Una tinta que mezcla realidad y fantasía. El límite entre estas dos versiones se desvanece pero no me importa. Ahora todo está permitido. Por ejemplo, coleccionar bostezos y citarlos a la media noche. 

Un día por delante que se resiste a salir de las sábanas. Y unas sábanas que conocen el idioma de la piel, que no es otro que el que intuyen las caricias. Entonces, el silencio me da los buenos días. Lleva rato conmigo y ya me he acostumbrado a que no me digo nada. Nunca viene solo. Nunca es para siempre. La tranquilidad es efímera. Ni siquiera intento pedirle que se quede. Lo último que pretendo en este instante es descansar porque tengo una necesidad interminable de descubrir cómo me siento hoy. Esa revelación de cada día más real que divina. Y sólo cuando la mañana no es un espejismo, me levanto.

Tengo una manía. Bueno, a lo mejor tengo más pero esta no os la había contado todavía. Sabéis, me pongo siempre el despertador cinco minutos antes de la hora prevista para levantarme. Sí. Primero me despierto, luego me levanto. Son sólo cinco minutos pero si me lo propongo, pueden ser eternos. Y ya ves todo lo que dan de sí.  ¿Y tú? ¿Tienes cinco minutos para ti?

Hoy jueves os dejo con este dormitorio totalmente blanco y de aire francés. Aquí también se puede poner el despertador cinco minutos antes. ¡Qué paséis un feliz día!










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